miércoles, 2 de marzo de 2016

Estambul II

Estambul II. Sultanahmet Meydani y Santa Sofía.
 Estambul es una inmensa ciudad que asciende por las colinas a uno y otro lado del Bósforo y a uno y otro lado del Cuerno de Oro,  de cuya dimensión adquieres cierta  idea sólo cuando la contemplas desde las alturas.


 Sus calles están llenas de vida, cientos de personas y también, casi cientos de vendedores ambulantes; negocios de todo tipo (vimos a alguien ganarse la vida con una báscula de baño en el que por unas monedas, pesaba a los transeúntes); restaurantes y cafés y confiterías (inolvidables las delicias turcas, por no mencionar los pistachos o los dulces albaricoques secos); tiendas de lujo y humildes colmados se ubican por todos los rincones y… todo ello aún sin pisar sus grandes  bazares.
 Desde el hotel hasta Sultanahmet, resultaba un agradable e interesante paseo, por eso a veces caminábamos, y a veces, fundamentalmente al regresos, tomábamos el tranvía.  Uno de los caminos discurría por la Beyazit Meydani,


donde se ubica la Universidad (para entrar las estudiantes que lo llevaran tenían que despojarse del pañuelo, pues están prohibidos en las aulas), un edificio del siglo XIX  con una monumental portada, quizá algo pretenciosa para mi gusto, y la mezquita de Bayaceto, la Beyazit Cami de 1506 



primera de las imperiales, que constituía un complejo en donde además existía una madraza, un hospital y otras dependencias. Su cúpula central rodeada por otras menores, sigue el modelo, como casi todas, de Santa Sofía.                               
 El  barrio de Sultanahmet, es uno de los lugares más singulares de Europa por su ubicación y por el patrimonio histórico y cultural que atesora entre sus calles y plazas. Toma su nombre del sultán Ahmet I que fue el promotor de la construcción de la mezquita Azul.
Junto a la plaza del mismo nombre, la Sultanahmet Meydani,


se encuentra lo que queda del famoso Hipódromo de Septimio Severo, un jardín alargado conocido como At Meydani, circundado por una calle que tiene casi el mismo trazado que la línea de la pista por la que corrían los carros, cuyos fanáticos seguidores, divididos en facciones  protagonizaron terribles enfrentamientos no exentos de motivaciones políticas. El más importante fue la llamada Revuelta de Nika en el 532 que costó la vida a treinta mil personas y colocó a Justiniano


como indiscutido e indiscutible dueño del Imperio, hecho al que en gran medida contribuyeron, el general Belisario con su ejército y la emperatriz Teodora




con su coraje, que al parecer en aquellos momentos superó al de su marido. 
 La antigua spina ha desaparecido y en su lugar se alinean: la Columna de Bronce también llamada de Constantino de fecha desconocida y muy deteriorada; la Columna Serpentina que se trasladó a este lugar procedente de Delfos en el 479 a.C. y que se compone de tres serpientes de bronce enroscadas entre sí, cuyas cabezas se han perdido  a excepción de una que se conserva en el Museo Arqueológico;


el Obelisco Egipcio del 1500 a.C. que llegó a Constantinopla procedente de Luxor y que se asienta en una base del siglo IV en la que aparecen tallados Teodosio I y su familia presenciando el espectáculo en la cara principal y otras escenas en las tres restantes, todos ellos bajorrelieves que tienen el estilo esquemático y algo naif de las esculturas del Bajo Imperio.



 En el lugar donde está la Oficina de Turismo, se elevaba otra columna coronada por cuatro magníficos caballos de bronce que hoy están en San Marcos de Venecia, como resultado del paso de los cruzados por la ciudad en el siglo XIII. El último de los monumentos que se despliega en el Hipódromo, es una fuente monumental que conmemora la visita del káiser Guillermo II a Estambul en 1898.
                   
 Los otomanos recurrieron a los alemanes en el siglo XIX para emprender el proceso de modernización que tanto necesitaban.
 Y llegaba el momento de entrar en Haghia Sophia y no tengo palabras para expresar la emoción que su contemplación me produjo. Es uno de los grandes logros artísticos y técnicos de la humanidad que se levantó como un templo dedicado a la Santa Sabiduría de Dios. Sus autores fueron el matemático Artemio de Tralles, y su sobrino el arquitecto Isidoro de Mileto. Recibieron la orden de Justiniano el Grande de levantar la basílica sobre el solar de otras iglesias anteriores. Los trabajos se realizaron entre los años 532 y 537 y esta circunstancia, cuando se analiza, no hace más que aumentar la admiración por el magno edificio.


 Existe el testimonio de Procopio de Cesarea que describió los pormenores de la construcción: los ricos materiales traídos de todas las tierras del Imperio;


la ingente cantidad de trabajadores y artistas; las discusiones de los autores respecto a la construcción…
 La obra fue inaugurada con toda la pompa que cabe imaginar por Justiniano y Eustaquio,  Patriarca de Constantinopla en presencia de la corte y el pueblo. Desde ese momento fue el lugar donde se llevaron a cabo todas las grandes ceremonias imperiales. Poco tiempo después de su inauguración, los terremotos del 553 y del 557 la dañaron seriamente, sobre todo la cúpula, por lo que Isidoro el Joven, sobrino del de Mileto, recibió del emperador el encargo de su restauración, lo que hizo empleando materiales más ligeros, cambiando algunos elementos estructurales para reforzarla  y elevándola hasta los más de 55 metros de la actualidad.



 La conquista otomana transformó la basílica ortodoxa en mezquita, la Ayasofya Cami, según la orden que diera el conquistador Mehmet II, comenzando entonces un proceso por el que se fueron tapando los mosaicos figurativos del siglo IX que cubrían sus muros y se le fueron agregando alminares, tumbas y fuentes hasta adquirir su fisonomía actual.


 No puedo dejar de consignar que, para su reforzamiento, en el edificio también intervino en el siglo XVI, Mimar Sinan, el más grande de los arquitectos otomanos que dejo su extraordinaria obra en Estambul y en otras ciudades del Imperio. Volveremos a él.  
 Y para completar esta breve reseña histórica, durante el mandato de Atatürk, la mezquita se cerró en 1931 y fue abierta cuatro años después como museo y así continúa en la actualidad.  
 A medida que nos acercábamos a Santa Sofía percibía la simbiosis histórica y cultural que ha dado su peculiaridad a la ciudad.


 Tenía que imaginar la austeridad del edificio tal como fue concebido por sus autores: gruesos muros rosados y descoloridos por el tiempo, sujetos por contrafuertes en los lados largos del rectángulo (pues rectangular, como todas las basílicas paleocristianas es la planta), que le dan su aspecto macizo al tiempo que ayudan a soportar el empuje de la gran cúpula, a lo que contribuyen también las dos semicúpulas y la cascada de ábsides escalonados situados en los lados menores… Y todo este primitivo edificio rodeado por las tumbas reales otomanas, rematadas así mismo por cúpulas, y por los cuatro alminares situados en las esquinas. 



 Una vez franqueados el atrio y el nártex, donde contemplas el primer mosaico de un Cristo entronizado ante el que se postra un emperador, fechado entre los siglos IX y X 



accedí impaciente a la basílica propiamente dicha. Tengo que decir que a pesar del enorme y horrible andamio que aún estaba montado cuando la visitamos y que ha permanecido años, la sensación de grandiosidad casi celestial me dejó sin palabras. ¡Qué bien supieron sus autores hacer materia la idea del poder y la gloria de Dios! Porque, la masa del exterior se transforma gracias a la luz que inunda el interior y que penetra por todos los vanos que se distribuyen en la totalidad de los muros de las dos alturas del edificio y en la cúpula.
 En la nave, (en la que los elementos más significativos en la actualidad datan de la época otomana),

Mihrab instalado en el ábside

el espacio terrenal se manifiesta en la planta rectangular, que da paso al celestial a partir de su transformación en círculo, símbolo de la divinidad, materializado en la cúpula. Y hay que decir que es la primera vez en la historia de la arquitectura que se transformaba el espacio (de cuadrado a círculo) gracias a un recurso técnico que idearon los autores, las pechinas, especie de triángulos curvos e invertidos que consiguen el milagro ¡Maravilloso!



Y siempre contemplando sobrecogida la cúpula (con las cuarenta ventanas por las que entra la luz dando la sensación que flota sobre la nave) y admirando las soluciones estructurales que la mantienen en pie: en los lados más largos del rectángulo dos gruesos muros entre fuertes pilares (se prolongan en el exterior por los contrafuertes) se encuentran rematados por dos arcos cegados en los que la luz sigue inundando el interior a través de sus innumerables vanos;


en los lados cortos, los empujes de la cúpula depositados en dos semicúpulas, (una a los pies y otra en la cabecera, constituyendo ésta el ábside cubierto por un inmenso mosaico de la Virgen con el Niño en su regazo)



que a su vez trasladan los empujes a una serie de pequeños ábsides escalonados que los llevan al suelo, en los que a su vez se abren  innumerables ventanas que dejan pasar la luz que de esta forma se convierte en un elemento arquitectónico más. Cuando toda la basílica se encontraba cubierta de mosaicos, los destellos que debían producirse harían sentirse a los fieles en presencia de Dios.



 
 No puedo dejar de mencionar de nuevo la riqueza de los materiales constructivos, su policromía y su disposición para separar los espacios y para elevar sobre el suelo dos amplísimas galerías



apoyadas en preciosas columnas que rematan unos capiteles de dos cuerpos delicadamente labrados, que habrían de copiarse en el futuro y que, lógicamente, se conocen como capiteles bizantinos.


 El dinamismo, la elegancia y la armonía en las proporciones no tienen parangón ¡y teníamos la suerte de contemplarlos con pocas personas alrededor, aunque eso sí, con el andamio…en fin.


 Quedan pocos mosaicos pues los originales sufrieron las consecuencias del periodo iconoclasta que duró más de un siglo (726-843) y durante el cual se prohibió la representación de las imágenes sagrada para no caer en la idolatría. Por esa razón la mayoría de los que encontraron los otomanos tras la conquista, eran posteriores al siglo IX, y como no podía ser de otro modo, cuando se convirtió en mezquita fueron destruidos o, con mejor suerte cubiertos. Hoy quedan algunas espléndidas muestras de los mismos en distintos espacios: además del ya citado del nártex, el del llamado Vestíbulo de los Guerreros


en la fachada meridional, que representa a la Virgen entre Constantino y Justiniano postrados ante ella:




y también en la galería meridional el de la Deesis, muy deteriorado pero con una de las más hermosas representaciones de Cristo  Pantocrátor entre la Virgen y San Juan.



 

 En el último tramo de la galería septentrional se hallan dos mosaicos. En el primero aparece la Virgen con el Niño en su regazo, representación llamada Theotokos (trono de Cristo), flanqueada por el emperador Juan II Comneno y la emperatriz Irene, imbuidos de hierática majestad y ricamente engalanados,

  
y junto a éste,

otro de las mismas características en el que aparece Cristo entre Constantino IX y la  emperatriz Zoé,  vestidos con la misma opulencia que los anteriores.  


       
 Las pechinas contienen con mosaicos que representan serafines de seis alas y de los cuatro grandes pilares  cuelgan tondos negros con motivos caligráficos dorados. 

Imagen tomada de Internet.
  Decir que salí feliz de Santa Sofía es decir poco. Y aún quedaban muchos tesoros por descubrir en Sultanahmet Meydani.



viernes, 19 de febrero de 2016

Impresiones turcas. Estambul I

 Estambul I

  En los momentos que empiezo a redactar las impresiones de este viaje que realizamos a Estambul en abril de 2006, las noticias día a día no son más que una crónica de la desesperación de tantos miles de refugiados que huyen de la cruenta guerra que se está librando sobre todo en Siria y que en cuatro años ha transformado sus vidas para siempre. Turquía, (maravilloso país del que apenas entreabrimos la puerta de su antigua capital, pero que fue suficiente para enamorarnos), constituye uno de los pasos hacia una Europa ensimismada, egoísta e insensible que cierra sus fronteras y que pretende soslayar un problema (de la que es en gran medida responsable, no hay más que echar mano a la Historia) con visitas de estado y fondos que casi nunca llegan a su destino porque casi nunca emprenden el camino.  Mientras tanto centenares de muertos en las costas griegas (¡qué distinto sería todo si la Unión Europea hubiera mostrado en este caso sólo la mitad de la diligencia que empleó para “acabar” con el problema de la deuda de este país!) y centenares de miles de personas malviviendo en campos de refugiados turcos esperando una solución que mucho me temo, tardará años en producirse.       
Aunque el objetivo de este blog sea contar mis experiencias de viajes pasados, no puedo por menos que hacerme eco de una situación que debería tocar las conciencias de todos. Y ahora paso a contar mi aventura estambulí. 
 Fueron en total cuatro horas de vuelo desde Sevilla con escala en Barcelona. Dos despegues, dos aterrizajes… ¡Un horror! Pero ni siquiera mi fobia a volar podía ser un impedimento. Los enormes deseos que tenía de pisar el suelo donde hoy se asienta  Estambul y que ha albergado tantos lugares que ocuparon en la historia (y en mi imaginario particular) un lugar tan especial, bien merecían la pena.
 Estambul se sitúa en un lugar único. Entre tierras europeas y asiáticas separadas, por el Bósforo a cuyas orillas se despliega la gran metrópoli que es hoy. El Bósforo es un canal estrecho de morfología complicada y cambiantes corrientes que dificultan la navegación por sus aguas, pero que sin embargo no impiden que soporte una enorme densidad de tráfico marítimo y que los grandes buques que lo surcan parezcan en ocasiones acercarse peligrosamente a los edificios de sus orillas. Me gusta pensar como los antiguos griegos quizá simbolizaron los riesgos del Bósforo situando en él a las Simplégades, esas temibles rocas que se unían según la suerte que acompañara a los navegantes y que Jasón y los argonautas lograron atravesar y dejar fijadas e inmóviles para siempre.  

Imagen tomada de Internet
  Pero si pensamos que un estrecho separa tierras, debemos también pensar que  comunica mares. Así en uno y otro extremo del Bósforo pude contemplar, primero desde el avión, luego desde la carretera que nos llevaba al hotel y que discurría en un corto tramo paralela a las murallas marítimas y muchas veces desde Sultanamet, el de Mármara, el Propóntide griego, el Mármara Denizi para los turcos. Y, casi al final del viaje, al otro extremo del Bósforo, el Mar Negro, el Ponto Euxino, el Karadeniz vislumbrado desde tan cerca como las restricciones militares imperantes permiten llegar.  Pero no adelantemos acontecimientos.
 La llegada a Estambul no pudo producirse en mejor momento. Primero se habían esfumado las multitudes que la habían visitado en Semana Santa, pero sobre todo porque los tulipanes estaban en plena floración y llenaban con sus infinitos colores todos los rincones de la ciudad.



  Estaba tan emocionada que la parada en el hotel fue muy breve. Quería acercarme a Santa Sofía, antes de que anocheciera y antes de ir a cenar, para lo que tuvimos una enorme suerte porque recalamos sin saberlo en un típico restaurante (con música incluida) en el que saboreamos los sabores y los olores de la cocina turca. Por cierto tengo que decir que los desayunos con toda clase de verduras, aceitunas, yogur y kéfir, contribuían en gran medida a la vitalidad y el entusiasmo que me acompañaban todo el día. Por no hablar del ayran, bebida no alcohólica que me encantó.
 Pero no quiero demorarme más en transmitir la enorme emoción, que sentí cuando en el paseo tras la cena, llegamos a Sultanahmet Meydani rebosante de tulipanes y de paseantes,


y donde, situada en medio de aquella maravillosa plaza, podía admirar en un extremo, y en todo su esplendor, Santa Sofía (la de la historia y la de la literatura) y en el otro la Mezquita Azul, ambas mágicamente iluminadas por las últimas luces de la tarde. Fue un momento inolvidable. Un sueño cumplido, porque siempre había pensado que Estambul al igual que Venecia, son ciudades únicas que hay que visitar…
 Y allí estaba yo . En el lugar que la expedición encabezada por el legendario Bizas, eligió para fundar en el 627 a.C una colonia, Bizancio, que pronto se convertiría en una de las polis más importantes de la antigüedad.
 Moneda  de la época de Marco Aurelio con la imagen idealizada de Bizas  
 En la ciudad que conquistaron los romanos en el 64 a.C. a la que llamaron Bizantium y que sería asolada y luego reconstruida en el siglo II por Septimio Severo que la dotó del Hipódromo, que sus sucesores ampliaron hasta convertirlo en el corazón de la urbe.


Grabado de Onofrio Panvinio de las ruinas del Hipódromo en el siglo XVI.  

 En la que sería con el tiempo la nueva capital del Imperio Romano, cuando Constantino, dueño exclusivo del poder, la convirtió en Constantinopla, y construyó el Gran Palacio en las proximidades del Hipódromo, residencia imperial hasta su abandono en el siglo XIII, y del que, con el paso del tiempo,  los emperadores bizantinos harían el centro de su hegemonía política, militar y económica, además de una residencia fastuosa para el basileus (emperador) y su corte. Los únicos restos que han quedado de aquel espléndido conjunto lo constituye un muro del Bucoleón Sarayi palacio de Bucoleón) entre los restos de antiguas murallas cercanas al mar.         


 Porque ocurrió que, tras la división del territorio imperial entre sus dos hijos que llevó a cabo Teodosio I en  el 395 y la posterior conquista del Imperio de Occidente por los pueblos germánicos, comenzó una nueva y espléndida etapa en el Imperio Oriental, apoyada en tres pilares fundamentales:  la cultura y la lengua griegas, el Derecho romano y el cristianismo. De este modo, como Imperio Bizantino perduró mil años convirtiéndose Constantinopla su capital, sobre todo a partir del reinado de Justiniano el Grande, en la ciudad más rica, más culta y más opulenta de la cristiandad. Encrucijada de rutas comerciales terrestres y marítimas, se llenó de suntuosos edificios, iglesias y palacios, protegidos todos por las imponentes murallas


que Teodosio II mandó construir en el siglo V… ¡Y yo estaba en el lugar donde aquellos acontecimientos se produjeron!
 Pero, la historia no se detiene y como nada dura siempre, a partir del siglo X las presiones de los pueblos vecinos de Europa y Asia sobre los territorios imperiales se hicieron más y más fuerte, sin olvidar que en el siglo XIII, una expedición de cruzados, que no llegó a Tierra Santa (no pudo y no quiso) se hizo con el poder (las relaciones con la Europa Occidental, sobre todo desde la separación de las Iglesias, siempre fueron muy problemáticas) y Constantinopla se vio reducida y empobrecida por las hordas de cristianos occidentales que distaban mucho de comprender el gusto y el refinamiento que encontraron a su llegada. Por fin, con la ayuda de los genoveses, avispados comerciantes que lograron establecerse en el barrio de Pera, (en la otra orilla del Cuerno de Oro, que hoy forma parte del populoso y cosmopolita barrio de Beyoglu. la ciudad volvió al Imperio Bizantino hacia 1261


 Sin embargo, el verdadero peligro estaba en las estepas asiáticas, en las fronteras de Anatolia, donde se hacían fuertes desde principios del siglo XIV los turcos otomanos de religión musulmana, que en algo más de sesenta años dejaron reducido Bizancio a su capital, rodeada por los territorios que habían ido sometiendo progresivamente, y a la que esperaban asestar el golpe final. Éste llegaría cuando, sin ayuda de los muy cristianos, pero muy interesados gobernantes occidentales, abandonada a su suerte y pese a sus inexpugnables murallas, fue conquistada por Memet II el 29 de mayo de 1453.

Imagen tomada de Internet.
 Comenzaba una nueve etapa para Constantinopla, que cambió su nombre por el de Estambul. Los sultanes otomanos, sobre todo Solimán el Mágnifico, la dotaron de espléndidas construcciones y la convirtieron en la capital de un nuevo imperio musulmán  cuyos territorios se extendieron por Asia, Europa y África.

Imagen tomada de Internet
 Y de nuevo el declive que comenzó lentamente a partir del siglo XVII. Los sultanes del XVIII intentaron reformas imposibles porque atentaban contra la esencia del sultanato, y ya en el XIX, las potencias europeas en plena expansión colonial, rivalizaron para arrebatar territorios al “hombre enfermo” apelativo que recibió el otrora poderoso Imperio Otomano. La derrota en la Gran Guerra (se alineó con Alemania y Austria) provocó la caída del sultán cuando el movimiento nacionalista de los Jóvenes Turcos se hizo con el poder y Mustafá Kemal, llamado Atatürk (Padre de los turcos) fijó las fronteras de la actual Turquía y modernizo al país a golpe de ley: estado laico, derechos políticos y sociales para las mujeres, sustitución del alfabeto árabe por el latino, obligatoriedad de escoger un apellido, adopción de la vestimenta occidental, prohibición del fez… y traslado de la capital del nuevo estado a Ankara, en el interior del país.
La Estambul de hoy,




que teníamos la oportunidad de recorrer, es una moderna ciudad que ha ido aumentando su población con la emigración procedente de todos los rincones de Anatolia. En sus calles y plazas conviven lo viejo y lo nuevo, los rasgos europeos y los asiáticos, en una mezcolanza muy del agrado de los turistas, pero que a mí me pareció que muchos de sus habitantes aún no habían asimilado del todo. No sé por qué tuve esa impresión, quizá por algo que no podía descifrar pero que percibía en su forma de mirar, cuando, con toda la amabilidad y toda la educación del mundo, se dirigen al visitante (no siempre con la intención de venderles algo). Tiempo después de aquel viaje leí Estambul Ciudad y recuerdos del escritor Orham Pamuk 


y tengo que confesar que me complació haber intuido (aunque por supuesto no supe definir ni explicar) lo que este autor expresa y describe de modo admirable en su maravilloso libro. 





martes, 26 de enero de 2016

Berlín (IV)



 Y Berlín (IV)

 Museumssinsel es una isla alargada formada por el Spree que se ubica en el centro de la ciudad y que nos propusimos recorrer con todo el detenimiento posible, porque en la zona norte alberga, además de varios de sus museos más importantes, la catedral, la Berliner Dom, y el Palast der Republik, ocupando el lugar del Stasdtschloss.  

 Desde Lustgarten se contempla el majestuoso edificio de la catedral que tiene su origen en un templo del siglo XIV y que en el XV se convirtió en lugar de enterramiento de los Hohenzollern. A lo largo de su historia ha albergado el culto de católicos, luteranos y calvinistas.

Imagen tomada de Internet
 El impresionante edificio que contemplamos hoy, tiene una azarosa historia.  Federico el Grande a mediados del XVIII mandó construir una iglesia que sirviera además como mausoleo de la familia real prusiana. El diseño, debido a Johann Boumann, presentaba un aspecto mucho más modesto que el de la actualidad, pues éste ha experimentado con el paso de los años una doble intervención. La primera entre 1816 y 1821 cuando se acometió una reforma en estilo neoclásico siguiendo las trazas de Karl Friedrich Schinkel. La segunda durante el reinado de Guillermo II que supuso el derribo total del edificio y la construcción de uno nuevo por Julius Raschdorff en estilo neobarroco. 



 Como es fácil imaginar la catedral sufrió considerables daños en el transcurso de la Segunda Guerra, y hasta 1975 no se procedió a su reconstrucción, en el curso de la cual se desmanteló el mausoleo de los Hohenzollern, anexo al muro septentrional, depositándose en la cripta los sarcófagos familiares, aunque se conservaron enterramientos en distintos lugares del templo, así la Tumba del Elector (1530) y los del Federico I y su esposa, primeros reyes de Prusia.


 He calificado el edificio de majestuoso y de impresionante, y lo es (114 m de largo, 73 de ancho y 116 de alto)  pero… ya he dicho en otras ocasiones que prefiero las impresiones artísticas algo más comedidas y obras de estas características me resultan apabullantes. El exterior es pesado, y aunque quiere asemejarse a San Pedro del Vaticano, le falta su gracia. El interior es un desborde decorativo de ricos materiales que conforman el extraordinario órgano, 

Imagen tomada de Internet

el púlpito y el  altar mayor, todo ello coronado por la cúpula, a la que subimos a través de sus 270 escalones para contemplar una panorámica verdaderamente única.  


  
         
 Junto a la catedral se encontraba el castillo de la ciudad construido en el siglo XV para residencia de los electores de Brandenburgo, y que en el siglo XVII por voluntad de Federico I se convirtió en una lujosa residencia real 

Imagen tomada de Internet
 Dañado seriamente durante la guerra fue finalmente demolida en los años 50 del siglo pasado. En su lugar fue erigido el Palast der Republik que albergó el parlamento de la RDA.

Palast der Republik en 1977. Imagen tomada de Internet
 Cuando visitamos Berlín, se erigía como un edificio fantasma ya que había sido clausurado cuando se descubrió que en su construcción se había utilizado amianto. Existía una gran polémica acerca de su demolición, que comenzaría un año después. En los días en los que escribo esta entrada, el antiguo palacio ha sido reconstruido según el diseño de los arquitectos Franco Stella y Manfred Rettig, y rebautizado con el nombre Forum Humbolt. En un futuro próximo se convertirá en un gran centro intercultural que albergará las colecciones del Museo Etnológico de Dhalem y las del Museo de Arte Asiático, según recoge la prensa. 

Imagen tomada de Internet.
 Pero volviendo a mi visita de agosto del 2005, llegó por fin el momento de entrar en los museos. Tengo que comenzar diciendo que el Bodemuseum, cuya fachada curva ocupa todo el vértice de la isla, estaba cerrado por obras de acondicionamiento. Tampoco pudimos visitar por falta de tiempo, la Alte Nationalgalerie, una pena porque contiene interesantes obras de los nazarenos, ese grupo de pintores románticos alemanes que buscaron recuperar la pureza del arte medieval. Dedicamos el día, (que de ningún modo podía tener suficientes horas), en recorrer una mínima parte del Pergamonmuseum y del Altes Museum.
En aquellos días, cuando hicimos esta visita a Berlin, el busto de Nefertiti, que tantos lugares ha recorrido, se encontraba en el Altes Museum, expuesto en una sala acristalada y podía verse desde el exterior, nada más ascender por la impresionante escalera que lleva al pórtico, no menos impresionante, sostenido por dieciocho columnas jónicas y que da paso al edificio.


 Construido por Schinkel en la primera mitad del XIX, fue uno de los primeros en Europa destinado a albergar un museo constituidos por colecciones reales.
En el interior una majestuosa rotonda (que tiene como modelo el Panteón romano) rodeada de columnas y decoradas con estatuas, en torno a la cual se distribuyen las salas que acogen una ingente colección de arte antiguo: egipcio, griego y romano y que recorrí entusiasmada por la calidad de las piezas.

Imagen tomada de Internet




 De entre las maravillas expuestas (lamentablemente no pude detenerme en todas y cada una de ellas tanto como hubiera querido) destacaré por lo que habían representado para mí desde mi época de estudiante, el busto de Pericles (que contemplé llena de admiración por el personaje recordando su Discurso fúnebre por los atenienses muertos en combate) copia romana del original de Kresilas. 



¡Y cómo no! el de la hermosa reina egipcia a la que miraba como si al fin se hubiera producido un encuentro largo tiempo esperado.





 No quiero referirme a la polémica surgida sobre la autenticidad o no de la pieza, y tampoco a las reflexiones que en aquellos momentos (y que se repetirían en el Pergamonmuseum, lo mismo que me había ocurrido en el Louvre o en el Museo Británico, por citar los más importantes) sobre el derecho que asistía a arqueólogos y aventureros europeos de apropiarse y llevar a sus respectivos países el legado histórico y cultural de unos pueblos que en aquellos años, entre los siglos XIX y XX, se consideraban incapaces de conservarlo y mantenerlo. Cuando escribo estas líneas y dada la terrible situación que se vive en muchos de estos lugares, origen de nuestra cultura, la reflexión me lleva más lejos, pero la guardo para mejor ocasión.
  La visita a continuación al Pergamonmuseum fue otra experiencia inolvidable.  El museo data de principios del siglo XX y posee una de las colecciones más importantes de Europa. El edificio, obra de Alfred Messel y Luwig Hoffman, tiene un cuerpo central flanqueado por dos alas.


 En el vestíbulo de ese cuerpo central se erige en toda su magnificencia el Altar de Pérgamo, una de las principales realizaciones del arte helenístico y que le da su nombre. Recorrer la sala, aún llena de gentes, fue una maravillosa experiencia. Había visto obras helenísticas con anterioridad, pero nunca (creo que no hay nada igual) la recreación de un original del siglo II a,C. que a mayor gloria de su persona y de su reino mandó edificar el rey Eumenes en el 160 a,C. El friso, magníficamente reconstruido y lleno de intenso dramatismo, que narra la batalla entre los dioses y los gigantes en presencia de Atenea, me conmovió intensamente.


 
Imagen tomada de Internet
 En las salas laterales se ubican las colecciones de antigüedades clásicas, de Oriente Próximo, y  de arte islámico y poder contemplarlas con algo de detenimiento requiere muchas visitas, así que en una sola, apenas puedes pasar la mirada de una a otra obra con una ligera sensación de frustración. No obstante procuré disfrutar el recorrido y extasiarme ante la Puerta del Mercado de Mileto, obra romana del siglo II a.C.

Imagen tomada de Internet
y desde luego con la Puerta de Ishtar de Babilonia, precedida por la avenida procesional, que Nabucodonosor II, que reinó entre los años 604 y 562 a.C., mandó construir. Aunque no esté expuesta al completo, las partes visibles decoradas con dragones y toros y cubiertas con ladrillos vidriados de brillantes colores, le confieren una belleza y una solemnidad únicas.



Imagen tomada de Internet.

 Al Museo de Arte Islámico ni siquiera llegamos a entrar y fuera de la isla, tampoco tuvimos oportunidad de visitar ninguno más de la enorme cantidad que tiene Berlín. En fin… Tuvimos que resignarnos y continuamos en la búsqueda otros destinos.

 Estaba prevista la visita al palacio de Charlotemburg. Tomamos un taxi en la Puerta de Brandeburgo, y resultó que el taxista hablaba español, bueno, el que  había aprendido en sus correrías durante los años que, según nos contó, había vivido en la Costa del Sol. El largo recorrido por la 17 Juni Strasse y la Otto Suhr Alle, fue de lo más divertido y cuando llegamos a nuestro destino, recorrimos  los jardines del palacio, paseamos por las orillas del lago,



contemplamos los edificios y miramos de reojo el magnífico mausoleo dedicado al gran elector y la elevada cúpula barroca que lo corona.



 La vuelta decidimos hacerla andando, para tener la oportunidad de atravesar  
Tiergarten. A pesar de la enorme distancia, me encantó. Pasamos por la Grosser Stern (Gran Estrella, por las cinco avenidas que confluyen en la plaza) y elevamos la vista para abarcar la Siesgessäule, la columna triunfal erigida para conmemorar la victoria sobre los daneses en 1864, primera de las que llevaron a la unificación y a la creación del II Imperio.


 Por eso, cuando Austria y Francia fueron derrotadas con posterioridad (1866 y 1871) la columna se coronó con una figura alada de bronce dorado conocida como la Goldese. La base de granito está decorada con relieves conmemorativos de las batallas. Originariamente se ubicaba frente al Reichstag, pero el gobierno nazi lo situó en este lugar en 1838. En la plaza existe además un monumento a Bismarck. Demasiadas connotaciones bélicas, por eso me sentí mucho mejor cuando nos adentramos en Tiergarten en una espléndida tarde de verano



 
y tras la larga caminata, compartimos con un grupo de divertidos berlineses cerveza y salchichas en un merendero con largas mesas, que en principio trajo a mi memoria la escena del joven cantando, en un lugar parecido al final de la película Cabaret. Fue como un relámpago que pasó con rapidez. Afortunadamente creo que todos, al menos algo hemos debido aprender. O eso espero.              

La mañana del último día, antes de tomar el avión en el aeropuerto de Tempelhof (me gustó por su reducido tamaño) la dedicamos a visitar la Postdamer Platz, que desde la caída del muro está recobrando su antigua vida, pues desde siempre había sido uno de los lugares más bulliciosos de Berlín.

Los bombardeos de 1945 destruyeron todas las edificaciones y tras la guerra su espacio quedó como zona de nadie con la construcción del Muro. En la actualidad alberga edificios de oficinas, hoteles, espacios de ocio, un enorme centro comercial, el Arkaden, todo ello diseñado por los mejores arquitectos del momento. Y por citar uno de estos espacios, el Sony Center, obra Helmunt Jahn, con su enorme patio central de tejado inclinado y la torre de aire futurista.





De este modo concluyó la visita a Berlín (¡cuánto y cuánto quedó por ver!) y el viaje por Alemania. Volveríamos en el otoño del 2011 en un nuevo recorrido por la zona suroeste del país. Y espero que haya otros en el futuro.