Mostrando entradas con la etiqueta Turquía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Turquía. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de agosto de 2016

Estambul IX

Y Estambul IX. Gálata y Beyoglu. Fin del viaje

 El  Haliç o Cuerno de Oro es un valle fluvial inundado cuyas aguas discurren hacia el Bósforo.


 Desde siempre constituyó un puerto natural que ya en el siglo VII a.C. atrajo a los primeros pobladores a sus orillas. Para Constantinopla fue el factor decisivo de su desarrollo comercial y cuenta la leyenda que su nombre deriva de los destellos dorados que en sus aguas provocaron los inmensos tesoros que arrojaron los bizantinos para que no cayeran en manos turcas tras la conquista. Hoy los grandes cargueros se quedan en los puertos del Mar de Mármara.
 Durante los días que estuvimos en Estambul, el Cuerno de Oro fue un lugar que frecuentamos, porque en el puente que franquea su entrada, el Galata Korprusu,



comenzaban y terminaban muchos de nuestros paseos. Me encantaba observar a los pescadores de caña lanzando el anzuelo a sus aguas por encima de los restaurantes que se abren en su primer nivel, donde cenamos en alguna ocasión y puedo asegurar que espléndidamente; a las pequeñas barcas, cuyo incesante balanceo no impedía a sus ocupantes ofrecer a los viandantes, a cualquier hora del día, bocadillos de pescado recién capturado y cocinado; a los transbordadores que en un incesante ir y venir, no dejan de traer y llevar pasajeros... Y a todo esto habría que sumar la belleza del espectáculo que desde sus orillas ofrece la ciudad en todo momento.




 En una de nuestras, últimas excursiones cruzamos el puente para dirigirnos a los barrios más antiguos de la orilla norte del Cuerno de Oro.

Pera y Gálata en 1860
 El tiempo, que discurría más aprisa de lo que yo hubiera querido, limitó nuestra visita a Beyoglu, conocido  como Pera, (“más allá” en griego) hasta la fundación de la República. Incluye este distrito a Gálata, el viejo barrio de los genoveses, porque, si bien desde el siglo XI se habían establecido en Bizancio representaciones comerciales procedentes de los estados italianos, principalmente de Venecia y de Génova, cuando los venecianos, principales componentes de la Cuarta Cruzada, tomaron y saquearon Constantinopla,

Conquista de Constantinopla. Detalle. Palazzo Ducale de Venecia. Tintoretto 1580 
los genoveses se vieron obligados a salir de la ciudad y a establecerse en esta orilla del Cuerno de Oro. En virtud de un acuerdo firmado en 1261, obtuvieron importantes concesiones comerciales e incluso llegaron a constituir una ciudad independiente bajo la tutela de la República Genovesa. Durante la conquista otomana, Gálata, por defender sus intereses económicos, permaneció neutral (aunque muchos genoveses lucharon a la desesperada al lado de los bizantinos) por lo que, integrada oficialmente en el Imperio Otomano, siguió gozando de una cierta autonomía y de una influencia que, aún en  progresiva decadencia, se prolongó hasta el siglo XIX.
 Pero no sólo fueron genoveses los extranjeros que vivieron en esta zona de Estambul.  Desde el siglo XVI, Pera fue el lugar en el que se establecieron las legaciones diplomáticas europeas y donde se asentaron las comunidades griega, armenia y judía, ampliada esta última cuando a ella se incorporaron los sefarditas tras su expulsión de España decretada por los Reyes Católicos en 1492. Esta tradición de acogida a los extranjeros se prolongaría a lo largo del tiempo y de este modo existió una población cosmopolita con sus propias instituciones (colegios, iglesias, oficinas de correos, viviendas e incluso un Palacio de Justicia) situadas en las cercanías de los grandes palacetes que se construyeron para albergar las embajadas europeas ante la Sublime Puerta. Todo acabó cuando en 1923 la capitalidad fue transferida a la ciudad de Ankara
  Y ahora nuestro recorrido que emprendimos a pie cuando el tráfico de la mañana se iba haciendo cada vez más  intenso.


 Cruzado el puente comenzamos, digamos el más que mediano ascenso (Beyoglu se asienta en una de las muchas colinas que conforman la ciudad), que nos llevó a la Torre Gálata (35 metros sobre el nivel del mar) que se eleva imponente desde el siglo XIV con una altura de 67 metros, desde su base a su cubierta cónica.



 Al parecer formaba parte de las murallas levantadas por los genoveses. Afortunadamente funcionaba el ascensor, lo que nos permitió sin esfuerzo acceder a la terraza que nos deparó una maravillosa panorámica de Estambul





con Gálata a nuestros pies


y la ciudad vieja recortando en el paisaje sus impresionantes y bellísimos monumentos.


 Aún extasiados ante la belleza que no podíamos abarcar, tal era la maravilla del panorama, bajamos al pie de la torre desde donde se extiende el barrio y retomamos la ruta desde la Antigua Grand-Rue, la Galip Dede Caddesi, donde se ubica el Monasterio de los Derviches Giróvagos, hoy Museo de la Literatura del Diván. (En la entrada Estambul VI ya mencioné el impresionante espectáculo que presenciamos en la estación de Sirkeci).   
 Se encuentra esta calle flanqueada por tiendas y establecimientos dedicados a la música (la ciudad conserva aún de forma evidente la ubicación en determinados barrios de los diferentes gremios) y a continuación accedimos a la famosa Istiklal Caddesi,


de cuyo esplendor pasado (magníficos aunque deteriorados edificios de entre los siglos XIX y XX) ha quedado en la actualidad una animada vía comercial llena de tiendas, cafés y restaurantes, por cuyo centro circula un precioso tranvía y donde se mezclan con los estambulitas, los visitantes que pasean contemplando, la antigua Embajada de Rusia, la iglesia protestante con el monumento conmemorativo de la Guerra de Crimea, la iglesia neogótica, sede de la orden franciscana, de San Antonio, 

Imagen tomada de Internet
o el Liceo de Galatasaray, con su impresionante pórtico y su no menos impresionante historia que se remonta al siglo XV, cuando Bayaceto I fundó una escuela para los pajes de Topkapi que fue modernizada  en el XIX según el modelo francés para convertirse desde entonces en el centro de formación de la élite intelectual y política del país

Imagen tomada de Internet

  Después de comer en un típico local de Istikal (la “comida rápida” en Estambul es muy apetecible), nos encaminamos hacia la Plaza de Taksim, hacia uno de sus  más lujosos hoteles, el  Mármara, para tomar café. Teníamos noticias de la impresionante panorámica que se abre desde su terraza. Realmente  extraordinaria. Además, desde aquella moderna torre de cristal tuvimos la oportunidad  de contemplar a su compañera medieval,


,

a la que supera en altura, claro, aunque es imposible que pueda arrebatarle el romántico misterio que los siglos imprimen a los edificios.  
 Y no podía faltar la visita al Pera Palace Hotel.


 Aunque a decir verdad (y no sé si ya la habrá experimentado) en aquellos momentos  necesitaba una urgente restauración. A pesar de todo, me entusiasmó su aire decadente, estaba emocionada por encontrarme en aquel lugar mítico, testigo de una época de la Historia que siempre me fascinó.

Imágenes tomadas de Internet

 Nos mostraron con toda reverencia la habitación 101 que ocupara Atatürk y que ha sido convertida en museo. Contemplamos las fotografías de las celebridades que pasaron por sus instalaciones, desde Mata-Hari a Agatha Christie (tengo que confesar mi debilidad por las novelas y los personajes creados por esta autora, sobre todo por su Monsieur Poirot, que tan atinadamente resolvió el misterio del Asesinato en el Orient Expres, escrita en la habitación 411 que ocupara su autora)





 
                      
 Y para terminar de cumplir con los ritos que alimentaron mis fantasías juveniles, tomamos el té al más puro estilo british, en un elegante salón que el paso del tiempo había llenado de grandes y pequeñas historias.


  La bajada de Pera nos llevó hasta el Puente de Atatürk por una curiosa calle, llena de vida y actividad dedicada casi en exclusiva a la venta de accesorios de ferretería y de fontanería.



 Y otra vez en las orillas del Cuerno de Oro, paseando sin rumbo fijo y procurando captar la riquísima historia y el complejo presente de esta ciudad única.

 Fin del viaje.  
 Y llegó el día del regreso. Con algo de melancolía anticipada nos despedimos de Estambul dando un largo paseo, pasando junto a la mezquitas de Beyazit y entrando en la de Los Tulipanes, la Laleli Camii construida en el siglo XVIII


(tan distinta en su preciosismo al resto de las mezquitas imperiales),


antes de llegar a Sultanamet, donde contemplamos las dos maravillas que contiene. 
 Y de este modo, a la vista de Santa Sofía y de la Mezquita Azul, vivimos una experiencia que no tengo ningún pudor en calificar de emocionante. Lo fue entonces y lo es aún mayor ahora, cuando de nuevo la ciega y fanática locura que se apodera de tantos, hasta el punto de hacerles actuar por la razón de la sinrazón, y con esto me estoy refiriendo al último (no, ya desgraciadamente al penúltimo, pues la barbarie no cesa) atentado terrorista que en la celebración de una boda ha cegado tantas vidas y ha dejado aún más conmocionado a Turquía.
 Cuando nos sentamos a disfrutar de la vista desde un banco de la plaza,


llegó hasta nosotros un joven (para más señas guapo, rubio y educado) que apresurándose a decir que no pretendía vendernos nada (tal es el acoso, aunque amable, al que son sometidos los extranjeros) que su única intención era conversar con nosotros, pues estudiaba en el Instituto Cervantes y quería practicar su castellano.
 Y ya lo creo que practicó, nos contó que era kurdo y que su familia cultivaba albaricoques en el centro de Anatolia. Nos habló de sus enormes deseos de viajar a España y de su amor por nuestra cultura. Nosotros a su vez le confesamos la enorme alegría que había supuesto conocer, aunque fuera sólo un poco (haría falta mucho tiempo para más), la ciudad y sus habitantes de los que habíamos recibido tantas muestras de cordialidad. Fue como si desde alguna parte, alguien hubiera querido regalarnos un hermoso colofón a nuestra estancia. Lo agradecí.
 Tampoco quiero dejar de apuntar otra circunstancia (de muy distinta índole, pero también ilustrativa) que nos permitió ver otra más de las mil facetas que tiene la vida de una ciudad. En uno de los sábados de nuestra estancia tuvo lugar el derby entre dos de los equipos de fútbol más importantes de Estambul: el Fenerbahçe y el Galatasaray.  Supimos de este encuentro porque antes y después del partido las calles se llenaron de aficionados que por todos lados lucían los calores, azul y amarillo, y azul y rojo de sus respectivos equipos. No tuvimos noticias de incidentes, cosa de agradecer. Ganó el Fenerbahçe 4-0, y mientras visitábamos Topkapi, nos vimos rodeados por un mar de camisetas azules y amarillas  que vestían orgullosamente sus seguidores, mientras aprovechaban el domingo para visitar los monumentos de su ciudad.   

 Y a través de un tráfico enloquecido atravesamos en plena hora punta de un lunes la ciudad camino del aeropuerto. En el último tramo del trayecto, con el Mármara a un lado, y las murallas marítimas a otro, ya más pausadamente, llegamos a nuestro destino. Me esperaba el temido vuelo, pero mil veces lo diera por bien empleado. Las impresiones vividas han quedado grabadas para siempre en mi memoria.     



miércoles, 10 de agosto de 2016

Estambul VIII

Estambul VIII. San Salvador en Chora y un paseo por Üsküdar.

  Durante el pasado mes de julio he viajado por el norte de Italia, para completar (si eso fuera posible) el recorrido que iniciamos en la primavera de 2014 y que constituye las primeras entradas de este blog. Por esta razón, sólo a medias he podido seguir las alarmantes noticias de los acontecimientos que se venían produciendo en Turquía. No hace falta que exprese la profunda tristeza que la situación que vive el país me produce y el enorme deseo de que una vez más, puestos sus habitantes en una situación límite, sean capaces de salir adelante superando las dificultades y las contradicciones a las que parecen verse abocado con una desoladora periodicidad.       
 San Salvador en Chora, (o de los campos, por la ubicación extramuros de la primitiva iglesia), la Kariye Camii de los otomanos,


se encuentra en una extenso y populoso espacio urbano que aglutina en la orilla izquierda del Cuerno de Oro los barrios de Fatih, Fener y Balat, en los que durante siglos vivieron, junto a los musulmanes, cristianos ortodoxos y judíos. En la actualidad la impresión del visitante es la de entrar en una zona urbana superpoblada y deprimida, cuyos monumentos no llegamos a disfrutar, ya que hasta San Salvador fuimos y volvimos en taxi. A estas excesivas precauciones nos llevaron las indicaciones de los empleados del hotel y el resultado fue que no visitamos ni la sinagoga más antigua de Estambul, la de  Ahrida, ni las iglesias ortodoxas del Patriarcado, de  Pammakaristos, de Santa María de los Mongoles, y la peculiar (está construida con hierro) y “moderna” (data del siglo XIX) San Esteban de los Búlgaros. La próxima vez prometo no ser tan precavida.
 El edificio actual de San Salvador, un precioso ejemplo de templo bizantino, data de finales del siglo XI, aunque fue modificado en el XII y sobre todo en el XIV, cuando Teodoro Metoquites, intelectual y humanista, gran canciller del emperador Andrónico II Paleólogo, emprendió un programa de reformas con las que se propuso expresar, según sus propias palabras que “el Señor se hizo mortal por nuestro bien”.
 Para materializar esta idea diseñó un programa iconográfico en el que mosaicos y pinturas  pusieran en evidencia este principio y, aunque cincuenta años después de la conquista otomana, San Salvador fuera transformada en mezquita y se cubrieran con yeso y pinturas las maravillosas imágenes, éstas afortunadamente no llegaron a desaparecer. A mediados del siglo XIX se puso en marcha un programa internacional para su recuperación.
 La primera impresión que produce el edificio viene determinada por su complejidad arquitectónica y por el impacto de las representaciones sagradas.





  Se accede a través de un nártex exterior decorado por mosaicos que representan la Infancia de Cristo y que da paso a otro interior en cuyas cúpulas se despliegan las imágenes de la Genealogía de Cristo, siendo absolutamente espectacular el de la cúpula meridional que corona un Cristo rodeado por una doble fila de personajes.


 La cúpula septentrional está ocupada por la Virgen sosteniendo al Niño y rodeada, entre otras figuras, por las de los reyes de Israel.

 

 En las paredes se presentan acontecimientos cotidianos de su vida, lo que dota a las escenas de una tierna ingenuidad.

Esponsales de la Virgen
 También decoran los nártex los hechos relacionadas con el Ministerio de Cristo

Bodas de Caná
y un interesante retrato de Teodoro Metochites que en reverente actitud le ofrece el templo restaurado. 


 

 La nave está flanqueada por una parekklesion (capilla aislada) a la derecha y un corredor de dos niveles a la izquierda. Entre los mosaicos que decoran sus muros sobresale el de La dormición de la Virgen, el mejor conservado


y no faltan desde luego las representaciones de brillante colorido, de santos y apóstoles. 



 Sin dejar de subrayar la belleza de los mosaicos de San Salvador, quizás los más bellos y logrados del arte bizantino, debo decir que lo que constituyó una verdadera revelación para mí fueron los frescos que decoran las paredes de la parekklesion y que debieron ejecutarse hacia 1320, es decir, cuando en Italia triunfaba una nueva forma de pintar que daría paso al Renacimiento y cuyo mejor representante sería el Giotto. 
 De este estilo lleno de vitalidad y de realismo participan también estas pinturas cuyo autor desconocido pudiera ser también el artífice de la decoración musivaria del templo. Los frescos (cuyos temas son los propios de un lugar de enterramiento, pues ese era el fin de esta capilla lateral), precisamente por su similitud con la pintura italiana de aquel tiempo, se encuentran muy alejados de los convencionalismo del estilo bizantino y la rigidez que le es tan característica, por eso están dotados de un atractivo dinamismo. La Anastasis (Resurrección en griego)


representada en la bóveda del ábside, ha sido considerada como la manifestación más importante del arte bizantino. No están muy lejos de esta consideración el Juicio Final, de la bóveda superior.


 La excelsa figura de Cristo en ambas obras se eleva para hacer patente un poder que vence a la muerte y que concede la vida eterna.
 Cuando abandonas el lugar, no tienes más remedio que respirar hondo al mismo tiempo que agradeces a todos los artistas, pasados y presentes, conocidos y anónimos, su capacidad para suscitar emociones estéticas como las que experimentas en este lugar.

 Y… a pasar la tarde en Asia. Así de fácil. Tomamos el barco en  Eminonü junto a los apresurados estambulitas que hacían el trayecto enfrascados en sus actividades cotidianas y atravesamos el Bósforo.


 Era emocionante pisar, aunque fuera apenas y por poco tiempo, el enorme continente que comienza en el Üsküdar Eskelesi, el embarcadero de este barrio de Estambul que fue la antigua Crisópolis, la Ciudad de Oro, cuya fundación se produjo al mismo tiempo que la de Bizancio. En la Edad Media fue conocida como Scutari y el hecho de no contar con las impresionantes murallas que defendían a su vecina europea fue decisivo para que diversos invasores a lo largo del tiempo (los últimos y definitivos los turcos en el siglo XIV), la conquistaran y ocuparan.
 Cercano al embarcadero se encuentra la Hakimiyeti Milliye Meydani, lugar que marcaba el final de la ruta de las caravanas procedentes del interior de Anatolia y que también servía como punto de reunión de los peregrinos que cada año iniciaban su viaje a La Meca.
 En nuestro tranquilo paseo contemplamos las siluetas de las hermosas mezquitas, dos de las cuales (la Semsi Pasa Camii y la de Iskele) son obras del gran Sinán.     
 No nos alejamos de las orillas del Bósforo,


divisando la costa europea y el islote en medio del estrecho donde se alza la Torre de Leandro, la Kiz Kulesi, Torre de la Doncella en turco,


como recuerdo de la princesa confinada en ella para evitar que se cumpliera la profecía que auguraba que una serpiente le causaría la muerte y que, a pesar de todo, no pudo escapar a su trágico destino. La
Torre de Leandro (nombre europeo que hace referencia a la desgraciada historia de Leandro que cruzaba todas las noches el estrecho para encontrarse con su amada Hero)
Hero finding Leander. Ferdinand Keller (1842-1922)
parece desafiar el envite de las aguas que los pequeños y grandes barcos levantan a su alrededor. 

 El primer edificio que se construyó en el islote fue una fortaleza bizantina (siglo XII) que se utilizó para reforzar uno de los extremos de la enorme cadena que impedía la entrada al Bósforo de barcos enemigos. A lo largo del tiempo ha tenido diversos usos, ha sido desde faro a lazareto, desde puesto de aduanas a casa de retiro para oficiales. El edificio que contemplamos hoy data del siglo XVIII y constituye en la actualidad un cuartel de inspección de la marina turca. No se puede negar que el punto de inspección se encuentra estratégicamente situado, pero tampoco que ha despojado de su halo romántico, esa minúscula porción de tierra que se levanta indómita en medio de las aguas.
  Esperábamos contemplar una preciosa puesta de sol. No fue posible, estaba nublado. Tomamos el transbordador hasta Eminonü, donde, y gracias a una magnífica cena a base de pescado recién salido del mar cerca del Puente Gálata


y a la contemplación de los miles de matices que las últimas luces del día sacaban a esta ciudad de ensueño, me consolé un poco por todo lo que había quedado en la zona asiática y que no habíamos podido visitar.      




















viernes, 1 de julio de 2016

Estambul VII

Estambul VII. Las mezquitas de Sinán.

 Solimán el Magnífico y Sinán ibn Adülmennan, conocido como Minar (en turco arquitecto) Sinán, se necesitaron y se complementaron en el preciso momento en que el Imperio Otomano alcanzó su mayor esplendor. El artista dependió del sultán para llevar a cabo los ambiciosos proyectos que ocuparon su larga vida, pero no fue menos cierto que Solimán necesitó del artista para que con su obra, dejara testimonio eterno de su brillante reinado.

 
 Sinán era de origen cristiano y como tantos otros muchachos, en sus primeros años fue convertido al islam para servir como jenízaro. La vida militar lo llevó a participar en diversas campañas por territorios europeos y asiáticos y esta circunstancia le puso en contacto con los diferentes estilos arquitectónicos de esos lugares. Así conoció la arquitectura europea, entró en contacto con el arte persa y desde luego, asimiló el bizantino con el que había convivido desde siempre. Además su talento para las matemáticas lo convirtió en un reputado ingeniero militar.
 Con este bagaje y siendo ya un hombre maduro (casi cincuenta años), Solimán lo nombró arquitecto oficial y responsable de las construcciones y del urbanismo de todo el Imperio. A partir de entonces aprovechó los más cuarenta años que aún le restaban de vida (alcanzó los noventa y siete y sirvió también a Selim II y a Murat III) para llevar a cabo una ingente labor constructiva recogida en 377 obras de todo tipo que se levantan desde Visegrado (Bosnia-Herzegovina)

Puente de Visegrado. Patrimonio de la Humanidad.
a Damasco (vaya con esta mención a la capital de Siria, el deseo y la esperanza de que se ponga fin de una vez por todas al sufrimiento de su población). Para Estambul diseñó un plan urbanístico que habría de convertir la antigua Constantinopla en un fiel reflejo del poder de su soberano bajo la inspiración del Islam.
 Siempre he sentido una profunda admiración por personajes que, como Sinán, poseen conocimientos técnicos, creatividad artística y una inusitada capacidad de trabajo, así que, aún sabiendo que sólo me podría permitir ver una mínima parte de su obra, me sentía feliz la mañana que comenzamos con la visita Sehzade Camii, la Mezquita del Príncipe, para continuar después un recorrido por el complejo de la Süleymaniye.
 La Shzade Camii


constituye el primer gran encargo de Solimán a su arquitecto para honrar al primero de los hijos habidos con Roxelana, el príncipe Mehmet que murió, al parecer de viruelas, a los veintiún años. En el patio exterior ajardinado



(que, como se aprecia en la imagen, no está exento de información práctica) se encuentran los edificios que se articulan en torno a la mezquita: la medrese, tres mausoleos, entre ellos el Mehmet, (cerrados durante nuestra visita), y un magnífico restaurante, el Sehzade Mehmed Sofrasi,





al que volvimos una noche y en el que nos sirvieron una lujosa cena turca que hubiera necesitado de la participación de al menos el triple de comensales, para empezar a pensar en darle fin. Fue una experiencia estupenda y muy divertida gracias a los camareros que nos sirvieron.
  A la mezquita se accede a través de un elegante patio porticado en el que se sitúa la fuente de las abluciones.


 Quiso Sinán recrear, que no imitar, la estructura de la basílica bizantina (grande era la fuerza de Santa Sofía) con la construcción de una cúpula capaz de articular una enorme y luminosa sala de oración.


 Sin embargo su genio introdujo dos importantes novedades: en el exterior construyó galerías para ocultar los contrafuertes,



y en el interior prescindió de ellas, al igual que de las columnas para obtener un amplio y despejado espacio.




  Además utilizó cuatro semicúpulas (no dos como tiene Santa Sofía) y cuatro enormes pilares que sostienen como en el aire, la ornamentada cúpula.




 Sinán
se ocupó también de la decoración de azulejos, vidrieras y pinturas  en un alarde ornamental


que no repetiría (y a mí me gustó que así fuera) en la
Süleymaniye. El modelo creado por el artista en este edificio terminado en 1548, sería adoptado desde entonces para todas las mezquitas imperiales.   



 Solimán tenía veinticinco años cuando llegó al poder en 1520 y gobernó durante cuarenta y seis, hasta su muerte en 1566. En palabras de
Evliya Çelebi, el escritor y viajero otomano del siglo XVII, buen conocedor del Imperio. “[…] conquistó el mundo y sometió a dieciocho monarcas. Estableció el orden y la justicia en sus territorios […] embelleció todos los países reducidos por las armas y salió airoso de todas las empresas”   
  A tal personaje debía por lo tanto estar dedicada una de las obras de arte más hermosas de Europa y esto, ni más ni menos, me pareció la mezquita que su arquitecto Sinán diseñó y construyó para él.
 La Süleymaniye, es un enorme y majestuoso complejo de edificios

Imagen tomada de Internet
que se sitúan en torno a la mezquita. Se halla ésta rodeada por un jardín y cercada por muros tras los que además se guardan el cementerio

                            

y los mausoleos o türbe, de Solimán y de su amada Roxelana.  Repartidos por las calles contiguas se encuentran los edificios restantes que albergaron las diversas medrese, una de las cuales acoge hoy la biblioteca más importante de Estambul; el antiguo asilo-hospital que alcanzó gran renombre; el imaret, la cocina, transformada en un moderno restaurante y el enorme caravasar, donde durante siglos, los viajeros encontraron alojamiento y comida, para ellos, sus caballos y dromedarios, además de un gran almacén donde guardar sus mercancías.   
 El exterior (su silueta se recorta majestuosa sobre el Cuerno de Oro)


presenta una hermosa panorámica y permite observar las variaciones que Sinán introdujo en su trazado, respecto a la Shezade Camii, pues al igual que Santa Sofía, en esta ocasión sí que diseñó la soberbia cúpula (casi podría ser considerada la “cúpula celeste”: 26,2 m. de diámetro por 49,5 de altura) flanqueada al este y al oeste por dos medias cúpulas mientras que al norte y al sur dos grandes arcos, cuyos tímpanos calados por ventanas permiten el juego de luces y sombras, ayudan a soportar sus empujes.




  A los gruesos pilares que sostienen la cúpula en el interior les prestan su apoyo en el exterior los contrafuertes laterales que Sinán disimuló (igual que había hecho en la Shezade) construyendo una doble y hermosa galería que presenta diferencias en el número y en el tamaño de sus arcos. 

     

 La entrada al avlu se efectúa por la Puerta de Imaret


e inmediatamente se toma conciencia de la magnificencia y armonía del lugar. Los cuatro esbeltos alminares situados en las esquinas son desiguales. Los más cercanos a la sala de oración son más elevados y poseen tres serefes (balcones).



 Las columnas que sostienen los estilizados arcos de dovelas bicolores, son de pórfido, mármol y granito. La fuente de las abluciones es una delicada pieza que semeja una preciosa joya.

Imagen tomada de Internet
  Todavía me encontraba abrumada por la visión del patio cuando entramos en la sala de oración y entonces quedé absolutamente anonadada. Creo que me faltan palabras para describir la impresión que  me produjo aquel espacio perfecto. Algo sin embargo tuve muy claro: sensaciones semejantes sólo las he percibido en unos pocos lugares. Podría citar la catedral gótica de Laón

 o la Capilla de los Pazzi obra de Bruneleschi en Florencia.
 Quizás también la Sacristía Nueva de la basílica de San Lorenzo debida a Miguel Ángel, también en Florencia o la iglesia románica de San Martín de Frómista, además de algunos otros templos de este estilo medieval. 

                                                                                                                                   

 Pienso que lo que hace estos lugares especiales (además de la ausencia de decoración superflua) es la sabia disposición de los elementos estructurales unida a la calidad y a la calidez  de los materiales empleados. De este modo, creo que el artista logra que sea el aire contenido en su edificio lo que constituya la verdadera obra de arte. Y de ahí la calma, la paz, la armonía, que reinan en su interior y de las que te sientes partícipe nada más cruzar las puertas.
 El gran espacio central de la Süleymaniye y las naves laterales están separados solamente por los cuatro pilares maestros y dos pares de columnas sobre las que se asientan los muros constituidos por una triple arcada, de los tímpanos.

Imagen tomada de Internet
 Las vidrieras, hermosamente coloreadas; los azulejos, primeros ejemplos del estilo que habría de popularizarse en Iznik (flores y hojas en turquesa, azul y rojo sobre fondo blanco) y el delicado mármol blanco con el que están construidos el minbar y el mihrab, contribuyen a la elegante sencillez de este conjunto absolutamente único.
 A espaldas de la sala de oración Sinán edificó el mausoleo de Solimán, el más grandioso de los construidos por el artista, que fue acabado a la muerte del sultán. Es un octógono rodeado por una galería porticada situado junto al cementerio.

Imagen tomada de Internet
 En el interior las paredes están cubiertas por completo de azulejos de Iznik, y bajo una soberbia cúpula decorada con frescos y sostenida por columnas se sitúa la tumba del sultán, coronada por el enorme turbante blanco símbolo su dignidad. Junto a él reposan algunos de sus hijos.

Imagen tomada de Internet (msegura76.es)
 La türbe Roxelana es más pequeña que la de su amante marido, aunque su decoración de azulejos es aún más hermosa. También descansa entre los suyos rodeada de toda la belleza que inspiró al gran Sinán.

Imagen tomada de Internet
Y a una discreta distancia de sus señores, fuera del recinto amurallado de la mezquita, puede verse la pequeña construcción que sirve de mausoleo al arquitecto. Está situada en el jardín de la casa donde vivió. Una galería de arcos soporta la pequeña cúpula de mármol bajo la que se halla el sarcófago coronado por el gran turbante que correspondía a su dignidad de arquitecto imperial.


 Del esplendor otomano de las obras de Sinán pasamos en nuestra siguiente visita a contemplar otra de las maravillosas obras de arte que esta ciudad nos ofrece: la iglesia bizantina de San Salvador en Chora, tan distinta en el estilo y tan distante en el tiempo. Otra impresión inolvidable.