martes, 28 de febrero de 2017

Verdún

Verdún

En el verano de 1997 hicimos un tour por Francia que nos llevó desde Aquitania hasta Alsacia recorriendo el Valle de la Loire, Champagne y el norte de Lorena.
Fue un viaje en el que descubrí preciosos paisajes y hermosas y monumentales ciudades que contaré en otra entrada, porque esta quiero dedicarla por completo a Verdún y todo lo que representa.
Tengo que confesar que aunque me emociono con facilidad en los viajes: un monumento, un cuadro o una escultura, un paisaje, una escena de la vida cotidiana, un contacto agradable con las gentes que encuentro en el camino, nunca, nunca, había sentido una tan intensa, triste y desesperanzada impresión, como la que me provocó Verdún, el recorrido hasta Douaumont y la visita al osario y a la necrópolis.
La necesidad de compartir esta entrada ha venido motivada porque, para realizar un pequeño trabajo, he tenido la necesidad de leer documentos y ver imágenes de la terrible experiencia que para Europa supuso la Guerra de 1914, la Gran Guerra, que a partir de 1939 empezaríamos a llamar Primera Guerra Mundial (otra, más terrible y mortífera aún, sería la Segunda). No era consciente del recuerdo tan vivo que había dejado en mí el paso por ese lugar hace ya casi veinte años.   
La ciudad de Verdún ocupó un lugar en la historia

Porte Chaussée. siglo XIV 
más de mil años antes de que se produjera la batalla por la que es conocida. Fue el lugar elegido en agosto del 843 por los nietos de Carlomagno: Lotario, Luis el Gemánico y Carlos el Calvo para repartirse el poder y el territorio imperial. No lo sabían pero estaban configurando las dos naciones, Francia y Alemania, que desde principios de 1916 habrían de llenar de sufrimiento y sangre las orillas del río Meuse.



Nos dirigíamos a Verdún después de una rápida visita a Meaux Epernay,  pasando primero por Reims. ¡Era tan hermoso el paisaje de los viñedos de Champagne que contemplamos en el viaje! Luego la vista desde un pequeño promontorio donde, en una de esas estupendas zonas de descanso que jalonan todas las carreteras francesas, bajo un enorme manzano que daba sombra a un viejo merendero, nos paramos a comer. Yo me sentía feliz.


Por la tarde en Reims un tranquilo paseo por el centro de la ciudad. El encuentro con la catedral me dejo sobrecogida,  no sólo por ser la  maravilla que siempre había sabido que era y que contemplaba por primera vez en todo su esplendor interior y exterior. 



Lo que me sacudió el ánimo fue la contemplación de la placa que hay en el suelo delante de la fachada.


Pensé que había habido que esperar hasta mediados del siglo XX, para que De Gaulle y Adenauer, constataran ante la catedral que Francia y Alemania se reconciliaban después de las masacres de las dos grandes guerras.
Esta fue nuestra primera visita a Reims, y hay que decir que, una vez superado este primer el impacto, la disfrutamos mucho. No podía imaginar lo que nos aguardaba
A la mañana siguiente tomamos el camino hacia Verdún, cuya estratégica situación fronteriza, en la región de Lorena,


ha contribuido a que, además de poseer una extraordinaria arquitectura militar, fuera objeto de ataques y contraataques a lo largo siglos de guerra, aunque el nombre de la ciudad haya quedado y quedará indefectiblemente asociada a una de las mayores batallas, ¿o quizá sería mejor decir a una de las mayores masacres? de la Gran Guerra.


En las primeras semanas de 1916, el jefe del Estado Mayor alemán, el general Falkenhayn, proyectó una ofensiva y el lugar elegido fue el que ocupaba la ciudad, defendida por el ejército francés del general Nivelle. El fuerte de Daumont, principal avance de las defensas francesas cayó a los pocos días de iniciado el ataque.

Vista aérea del Fuerte Daumont
Aunque los alemanes dieron por segura la victoria, los franceses no estaban dispuestos a rendirse, por ello el general Pétain, que acudió para reforzar la posición, recibió la orden de resistir a toda costa. Para el mes de junio, y después de intensos combates, los alemanes habían perdido la iniciativa y Verdún, que se había convertido en un mito nacional, era un verdadero infierno de barro, de fuego, de muerte. Cuando a finales de junio los alemanes detuvieron su avance se sucedieron ataques y contraataques que duraron todo el verano. Valga de ejemplo el pueblo de Thiaumont que cambió dieciséis veces de manos.


En octubre Pétain contraatacó y en diciembre, después de 377.000 bajas francesas y 335.000 alemanas, las posiciones eran prácticamente las mismas que al comienzo de la batalla.
¿Qué quedaba de todo aquel trágico y perverso absurdo el 9 de agosto de 1997? Campos de cruces blancas que flanqueaban a trechos la carretera que nos llevaba a Fleury-devant-Douamont; un paisaje que la naturaleza piadosa había cubierto de vegetación como queriendo poner un manto de consuelo sobre el horadado suelo donde se habían cavado las trincheras, donde habían estallado las bombas, donde habían caído los hombres.



   
El pueblo de Fleury-devant-Douamont fue destruido en la batalla, como atestigua la placa, pero



en 1918 fue declarado pueblo "Mort pour la France". En la actualidad, aunque sólo sea un lugar en el recuerdo, conserva su personalidad jurídica y es sede del Memorial.


Imagen tomada de Internet
¡Qué lejos estaba en esa mañana la sensación de felicidad que me había invadido sólo veinticuatro horas antes! No había lugar más que para la tristeza cuando comenzamos un recorrido, que iba sobrecogiendo mi ánimo, al tiempo que nos acercaba al impresionante edificio que es el Osario de Douamont.  
Se levanta sobre una colina con una longitud de 130 metros, estructurado en dos alas laterales por una torre-linterna de 46 metros de altura, la llamada Torre de los Muertos. En ella se encienden cuatro luces y en ella una gran campana con su triste tañido sirve de recordatorio del horror de la guerra. 


Este impresionante mausoleo fue una iniciativa del obispo de Verdún, Charles Ginisty y se  inauguró en 1932, aunque no fue hasta 1985, cuando ante él, François Mitterand y Helmunt Kohl, sellaran la amistad franco-alemana con un apretón de mano y una placa conmemorativa.


El silencio que reina en el exterior se hace casi palpable cuando accedes al interior. Una atmósfera sobrecogedora se expande por el espacio cuyas  paredes  contienen dieciocho celdas con dos tumbas cada una que, unidas a las cinco de los ábsides, suman en total cuarenta y séis. Acogen los restos de 130.000 soldados  alemanes y franceses que quedaron destrozados en el transcurso de la horrible matanza.
Tengo que confesar que la impresión que me causó entrar en el osario no me permitió prestar demasiada atención a los escudos, esculturas, lápidas y otros elementos conmemorativos que contiene, y mucho menos hacer fotografías, algo que casi me parecía una frivolidad.

Imagen tomada de Internet
Pero si sentí como algo real y dolorosamente próximo la colección imágenes estereoscópicas situadas en los rellanos de la escalera de ascenso a la torre. Eran fotografías en sepia. Poseían el tremendo realismo de las imágenes cuando carecen de colorido, a lo que había que añadir el efecto de la tercera dimensión. Sentía los ojos de aquellos hombres que por un momento detenían su vida en las trincheras para mirarnos y transmitirnos la terrible situación en que se encontraban. Los sentía vivos y presentes.
Coronada la torre, el panorama que se despliega a la vista es conmovedor: un campo de cruces blancas que cobijan las tumbas de 16.142 soldados de nacionalidad francesa y alemana. Entre ellas también se encuentran los enterramientos de soldados judíos y musulmanes. Su triste suerte los igualó.


Tengo que insistir en la sensación de profunda pena que toda aquella visita me producía. Nos acercamos al cementerio y pudimos leer nombres y edades. Una generación perdida.

     
Pero si ello era posible, lo más escalofriante aún no lo habíamos visto. Ya he mencionado el profundo silencio y la atmósfera de recogimiento que envuelven el lugar, tan alejados de la algarabía (en Francia siempre relativa) de otros lugares, llenos de indicaciones, tiendas de souvenirs, restaurantes, de los que los propios franceses son los primeros visitantes.
Y esto era así hasta el punto que la indicación Toilettes no aparecía por ningún lado, lo que nos obligó a buscar. Y en esa búsqueda, por casualidad dirigí la mirada hacia las ventanas de cristal que se abren al exterior a lo largo de los muros casi al nivel del suelo. Me quedé conmocionada ante lo que allí había. No lo sabía ni lo podía imaginar: cientos de miles de huesos, algunos reconocibles, otros apenas fragmentos, se apilaban y se ofrecían a la vista. Eran los restos de aquellos que quedaron destrozados cruelmente, irreconocibles, que compartían así una fraternidad que les fue negada por la sinrazón de la guerra.
Jamás olvidaré aquella visión, ni la angustia que me producía, que no hizo más que aumentar la que me acompañó en todo momento desde que llegué a Douamont: Veinte años después de aquella locura que fue la Gran Guerra, de nuevo la desolación y la muerte, esta vez multiplicada por mucho, se adueñaron de  nuestra vieja, civilizada y querida Europa.   









viernes, 9 de diciembre de 2016

Viaje en Navidad

Viaje en Navidad.

Ha pasado algún tiempo desde la publicación de la última entrada sobre Estambul. He tenido un trabajo que me ha mantenido muy ocupada y que ha estado relacionado con la figura de Miguel de Cervantes (1547-1616) en el cuatrocientos aniversario de su muerte. A todos mis lectores (a los que ciertamente agradezco que sigan este blog) que no estén demasiado familiarizados con su figura y con su obra, les recomiendo encarecidamente que se acerquen a ambas, pues, además de ser uno de los mejores escritores de todos los tiempos, tuvo una extraordinaria y apasionante vida que merece la pena ser conocida por todos los hablantes de lengua castellana y por todos los que  la comprenden, como demuestra el hecho de leer estas notas mías sin traducción automática.    

Nunca viajamos en Navidad. Demasiados niños, demasiada familia y amigos con los que nos gusta compartir estos días, que, a pesar de todo lo que se dice por ahí, tienen un encanto especial.



No obstante un año hicimos una excepción. Decidimos pasar el Año Nuevo en Alsacia, en Huttenheim, el pequeño pueblo cercano a Estrasburgo donde vive una de mis primas francesas. Hay que tener en cuenta que en España las Navidades (y las vacaciones) se prolongan hasta el 6 de enero con la llegada de los Reyes Magos y me atrevo a decir que la víspera, con pequeñas y grandes cabalgatas desfilando por todos los pueblos y ciudades, y el mismo día 6 con la felicidad reflejada en la cara de nuestros niños, constituyen la más pura esencia de estas fiestas en nuestro país.   

La decisión fue poco meditada, más bien un impulso que nos llevó a tomar un avión desde Sevilla a las 13:00 horas del día 31 de diciembre de 2002.
Nuestro destino era Basilea, o Friburgo, o Mulhouse,

Imagen tomada de Internet
pues a las tres ciudades, y a los tres países (Suiza, Alemania y Francia), presta servicio este aeropuerto verdaderamente internacional donde los haya. foto
Volamos en la compañía Swissair, que volaba desde Sevilla (en lo que debieron ser sus últimas operaciones antes de su desaparición), en dirección a Ginebra. El avión era cómodo y agradable ¡y lo dice alguien como yo! Ya he puesto de manifiesto en otras ocasiones mi  fobia a volar.  
En fin… El día era claro y soleado y disfrutamos de hermosas panorámicas sobre los Pirineos

Imágenes tomadas de Internet
y los Alpes

cubiertos de nieve. Sobrevolar Ginebra y el lago Lemans fue también un maravilloso espectáculo. La extensa ciudad entre bosques, los jardines, las magníficas y lujosas villas situadas en las orillas del lago parecían estar al alcance de la mano.

Imagen tomada de Internet
El aeropuerto de Ginebra me pareció el culmen del glamour.

Imagen tomada de Internet
Apenas había viajeros y lo peor fue que durante las tres horas que tuvimos que esperar no pudimos disfrutar de la vista (imposible de la compra por razones obvias) de los maravillosos artículos exhibidos en las  tiendas de las más prestigiosas e inaccesibles marcas del mercado del lujo.
Casi de noche, no más de seis pasajeros embarcamos con destino a Basilea  en uno de los aviones más pequeños que he visto. Al pasar el arco de seguridad saltó la alarma. Una correcta y educada agente que hablaba un perfecto castellano, se me acercó y yo me despojé de todo lo que pudiera provocar el desagradable pitido. Aún así, éste persistía a mi paso. Me miró y me dijo que podían ser los zapatos, que me descalzara. A mi comentario de que en Sevilla había pasado sin problemas me contesto muy circunspecta: “Es que esto es Suiza”. Efectivamente, era Suiza, como comprobamos más tarde en el corto vuelo, que duró lo mismo que la estupenda chocolatina acompañada de una esponjosa, suave y perfumada servilleta de papel, con las que nos obsequiaron. Y este ha sido hasta el día de hoy mi única incursión el país helvético.

Recorrimos la distancia entre Mulhouse e Huttenheim por una autopista casi vacía rodeados de una oscuridad que me privó de la emoción que siempre me produce el viaje por la Plaine d´Alsace. 
En casa de mi prima nos esperaban unos agradables amigos y una estupenda cena. A las doce de la noche dimos la bienvenida al nuevo año sin uvas, con cohetes y con un intensísimo frío bajo un cielo despejado que para mi disgusto no auguraba nieve.

La mañana del primer día del año 2003, la dedicamos a pasear por Estrasburgo. Tomamos un tranvía


que nos llevo al centro histórico para contemplar la decoración navideña en torno a la catedral.


Del famoso mercadillo apenas quedaban algunos desangelados puestos, pero había animación en las calles aunque hacía mucho frío. Nuestros inviernos aquí en Sevilla la mayor parte de los años resultan “primaverales” y siempre me sorprendo cuando en los viajes siento bajar la temperatura a esos niveles. Supongo que a un centroeuropeo le pasará lo mismo cuando en verano la sienta elevarse a más de 40º.
De la maravillosa catedral de piedra rosada de Notre-Dame, cuya visión no deja nunca de asombrarme, del hermoso trazado urbano rodeado del río Ill y sus canales, de la Petite France, de las torres vigías del Pont Couverts, del trayecto en barco contemplando los diferentes edificios de las instituciones europeas, hablaré en otras ocasiones, pues ese día el objetivo era el tranquilo recorrido de un relajado día de fiesta. Y para entrar en calor, en casa nos esperaba un contundente choucruette.       
Con ocasión de este viaje también visitamos Friburgo de cuya estancia ya di cuenta en la entrada publicada el 7 de septiembre de 2015, una de las correspondientes a Alemania.

Bien abrigados dedicamos el tiempo a pasear por Huttenhei y Benfeld (hacia demasiado frío para hacer fotos) ante la atónita mirada de sus habitantes, que por la experiencia que tengo de este país, no son, sobre todo en los pueblos, demasiado aficionados a los paseos sin más… ni siquiera en verano. Siempre he visto muy poca gente en las calles.
Una de las mañanas amaneció azul, limpia y heladora, pero nos decidimos a una pequeña excursión. Fuimos a Obernai


que es a mi parecer una ciudad tan bonita, que siempre que la visito me siento dentro de la ilustración de un cuento. Recorrimos las calles cuyas casas entramadas estaban bellamente decoradas  .



y llegamos hasta las inmediaciones de la iglesia neogótica de St-Pierre et St. Paul


Animados porque, aunque la mañana se nublaba, aún nos podíamos permitir algún osadía, subimos al Mont Ste-Odile, atravesando viñedos que en verano lucen todo su esplendor, pero que en esos momentos aparecían con la severa dignidad de ancianos enjutos en espera de la primavera para reverdecer.
Subir los 736 metros del Mont Ste-Odile

Imagen no tomada el día de esta subida.
en la cordillera de los Vosgos, supuso transitar por una carretera de montaña flanqueada por altos abetos, y como el tiempo empeoraba por momento, tengo que decir que la travesía no resultaba demasiado tranquilizadora. En la cumbre se encuentra el monasterio.


Reconstruido en varias ocasiones, tiene su origen, según la tradición, en una fundación del siglo VII, debida a Odilia de Alsacia, hija de los duques merovingios y patrona de la región. La hermosa panorámica que ofrece el lugar, pues la vista alcanza toda la llanura alsaciana hasta la Selva Negra, se veía muy reducida por las condiciones meteorológicas. También el edificio estaba cerrado, pero, a pesar de todo, valió la pena el paseo. A los que vivimos en el sur del sur de Europa, nos resultan estas experiencias nuevas y vigorizantes, sobre todo si al volver a casa espera una buena calefacción y un thé et gâteau.  


Otra experiencia inolvidable fue el almuerzo en el precioso pueblecito de Osthouse, en un restaurante tradicional


decorado con un espectacular árbol de navidad. La comida espléndida y a la vuelta por fin la ansiada nieve. Poco a poco la llanura se fue cubriendo de blanco



y no resistí la tentación de salir a la calle para que los suaves copos me rodearan por un momento. La nieve es tan insólita en Sevilla… La última nevada que se recuerda tuvo lugar el 2 de febrero de 1954.       
A la mañana siguiente un largo paseo por el campo, aunque la nieve no era muy abundante el paisaje se extendía blanco ante nosotros y el frío pareció disminuir su intensidad. 
Y de este modo llegó el 6 de enero, momento de regresar a casa para compartir los regalos con la familia en la tarde del día de Reyes. Antes de viajar al aeropuerto de Basilea desayunamos el tradicional galette de rois.


En España y para la merienda, nos aguardaba el roscón de reyes.



Fue una estupenda experiencia.


domingo, 28 de agosto de 2016

Estambul IX

Y Estambul IX. Gálata y Beyoglu. Fin del viaje

 El  Haliç o Cuerno de Oro es un valle fluvial inundado cuyas aguas discurren hacia el Bósforo.


 Desde siempre constituyó un puerto natural que ya en el siglo VII a.C. atrajo a los primeros pobladores a sus orillas. Para Constantinopla fue el factor decisivo de su desarrollo comercial y cuenta la leyenda que su nombre deriva de los destellos dorados que en sus aguas provocaron los inmensos tesoros que arrojaron los bizantinos para que no cayeran en manos turcas tras la conquista. Hoy los grandes cargueros se quedan en los puertos del Mar de Mármara.
 Durante los días que estuvimos en Estambul, el Cuerno de Oro fue un lugar que frecuentamos, porque en el puente que franquea su entrada, el Galata Korprusu,



comenzaban y terminaban muchos de nuestros paseos. Me encantaba observar a los pescadores de caña lanzando el anzuelo a sus aguas por encima de los restaurantes que se abren en su primer nivel, donde cenamos en alguna ocasión y puedo asegurar que espléndidamente; a las pequeñas barcas, cuyo incesante balanceo no impedía a sus ocupantes ofrecer a los viandantes, a cualquier hora del día, bocadillos de pescado recién capturado y cocinado; a los transbordadores que en un incesante ir y venir, no dejan de traer y llevar pasajeros... Y a todo esto habría que sumar la belleza del espectáculo que desde sus orillas ofrece la ciudad en todo momento.




 En una de nuestras, últimas excursiones cruzamos el puente para dirigirnos a los barrios más antiguos de la orilla norte del Cuerno de Oro.

Pera y Gálata en 1860
 El tiempo, que discurría más aprisa de lo que yo hubiera querido, limitó nuestra visita a Beyoglu, conocido  como Pera, (“más allá” en griego) hasta la fundación de la República. Incluye este distrito a Gálata, el viejo barrio de los genoveses, porque, si bien desde el siglo XI se habían establecido en Bizancio representaciones comerciales procedentes de los estados italianos, principalmente de Venecia y de Génova, cuando los venecianos, principales componentes de la Cuarta Cruzada, tomaron y saquearon Constantinopla,

Conquista de Constantinopla. Detalle. Palazzo Ducale de Venecia. Tintoretto 1580 
los genoveses se vieron obligados a salir de la ciudad y a establecerse en esta orilla del Cuerno de Oro. En virtud de un acuerdo firmado en 1261, obtuvieron importantes concesiones comerciales e incluso llegaron a constituir una ciudad independiente bajo la tutela de la República Genovesa. Durante la conquista otomana, Gálata, por defender sus intereses económicos, permaneció neutral (aunque muchos genoveses lucharon a la desesperada al lado de los bizantinos) por lo que, integrada oficialmente en el Imperio Otomano, siguió gozando de una cierta autonomía y de una influencia que, aún en  progresiva decadencia, se prolongó hasta el siglo XIX.
 Pero no sólo fueron genoveses los extranjeros que vivieron en esta zona de Estambul.  Desde el siglo XVI, Pera fue el lugar en el que se establecieron las legaciones diplomáticas europeas y donde se asentaron las comunidades griega, armenia y judía, ampliada esta última cuando a ella se incorporaron los sefarditas tras su expulsión de España decretada por los Reyes Católicos en 1492. Esta tradición de acogida a los extranjeros se prolongaría a lo largo del tiempo y de este modo existió una población cosmopolita con sus propias instituciones (colegios, iglesias, oficinas de correos, viviendas e incluso un Palacio de Justicia) situadas en las cercanías de los grandes palacetes que se construyeron para albergar las embajadas europeas ante la Sublime Puerta. Todo acabó cuando en 1923 la capitalidad fue transferida a la ciudad de Ankara
  Y ahora nuestro recorrido que emprendimos a pie cuando el tráfico de la mañana se iba haciendo cada vez más  intenso.


 Cruzado el puente comenzamos, digamos el más que mediano ascenso (Beyoglu se asienta en una de las muchas colinas que conforman la ciudad), que nos llevó a la Torre Gálata (35 metros sobre el nivel del mar) que se eleva imponente desde el siglo XIV con una altura de 67 metros, desde su base a su cubierta cónica.



 Al parecer formaba parte de las murallas levantadas por los genoveses. Afortunadamente funcionaba el ascensor, lo que nos permitió sin esfuerzo acceder a la terraza que nos deparó una maravillosa panorámica de Estambul





con Gálata a nuestros pies


y la ciudad vieja recortando en el paisaje sus impresionantes y bellísimos monumentos.


 Aún extasiados ante la belleza que no podíamos abarcar, tal era la maravilla del panorama, bajamos al pie de la torre desde donde se extiende el barrio y retomamos la ruta desde la Antigua Grand-Rue, la Galip Dede Caddesi, donde se ubica el Monasterio de los Derviches Giróvagos, hoy Museo de la Literatura del Diván. (En la entrada Estambul VI ya mencioné el impresionante espectáculo que presenciamos en la estación de Sirkeci).   
 Se encuentra esta calle flanqueada por tiendas y establecimientos dedicados a la música (la ciudad conserva aún de forma evidente la ubicación en determinados barrios de los diferentes gremios) y a continuación accedimos a la famosa Istiklal Caddesi,


de cuyo esplendor pasado (magníficos aunque deteriorados edificios de entre los siglos XIX y XX) ha quedado en la actualidad una animada vía comercial llena de tiendas, cafés y restaurantes, por cuyo centro circula un precioso tranvía y donde se mezclan con los estambulitas, los visitantes que pasean contemplando, la antigua Embajada de Rusia, la iglesia protestante con el monumento conmemorativo de la Guerra de Crimea, la iglesia neogótica, sede de la orden franciscana, de San Antonio, 

Imagen tomada de Internet
o el Liceo de Galatasaray, con su impresionante pórtico y su no menos impresionante historia que se remonta al siglo XV, cuando Bayaceto I fundó una escuela para los pajes de Topkapi que fue modernizada  en el XIX según el modelo francés para convertirse desde entonces en el centro de formación de la élite intelectual y política del país

Imagen tomada de Internet

  Después de comer en un típico local de Istikal (la “comida rápida” en Estambul es muy apetecible), nos encaminamos hacia la Plaza de Taksim, hacia uno de sus  más lujosos hoteles, el  Mármara, para tomar café. Teníamos noticias de la impresionante panorámica que se abre desde su terraza. Realmente  extraordinaria. Además, desde aquella moderna torre de cristal tuvimos la oportunidad  de contemplar a su compañera medieval,


,

a la que supera en altura, claro, aunque es imposible que pueda arrebatarle el romántico misterio que los siglos imprimen a los edificios.  
 Y no podía faltar la visita al Pera Palace Hotel.


 Aunque a decir verdad (y no sé si ya la habrá experimentado) en aquellos momentos  necesitaba una urgente restauración. A pesar de todo, me entusiasmó su aire decadente, estaba emocionada por encontrarme en aquel lugar mítico, testigo de una época de la Historia que siempre me fascinó.

Imágenes tomadas de Internet

 Nos mostraron con toda reverencia la habitación 101 que ocupara Atatürk y que ha sido convertida en museo. Contemplamos las fotografías de las celebridades que pasaron por sus instalaciones, desde Mata-Hari a Agatha Christie (tengo que confesar mi debilidad por las novelas y los personajes creados por esta autora, sobre todo por su Monsieur Poirot, que tan atinadamente resolvió el misterio del Asesinato en el Orient Expres, escrita en la habitación 411 que ocupara su autora)





 
                      
 Y para terminar de cumplir con los ritos que alimentaron mis fantasías juveniles, tomamos el té al más puro estilo british, en un elegante salón que el paso del tiempo había llenado de grandes y pequeñas historias.


  La bajada de Pera nos llevó hasta el Puente de Atatürk por una curiosa calle, llena de vida y actividad dedicada casi en exclusiva a la venta de accesorios de ferretería y de fontanería.



 Y otra vez en las orillas del Cuerno de Oro, paseando sin rumbo fijo y procurando captar la riquísima historia y el complejo presente de esta ciudad única.

 Fin del viaje.  
 Y llegó el día del regreso. Con algo de melancolía anticipada nos despedimos de Estambul dando un largo paseo, pasando junto a la mezquitas de Beyazit y entrando en la de Los Tulipanes, la Laleli Camii construida en el siglo XVIII


(tan distinta en su preciosismo al resto de las mezquitas imperiales),


antes de llegar a Sultanamet, donde contemplamos las dos maravillas que contiene. 
 Y de este modo, a la vista de Santa Sofía y de la Mezquita Azul, vivimos una experiencia que no tengo ningún pudor en calificar de emocionante. Lo fue entonces y lo es aún mayor ahora, cuando de nuevo la ciega y fanática locura que se apodera de tantos, hasta el punto de hacerles actuar por la razón de la sinrazón, y con esto me estoy refiriendo al último (no, ya desgraciadamente al penúltimo, pues la barbarie no cesa) atentado terrorista que en la celebración de una boda ha cegado tantas vidas y ha dejado aún más conmocionado a Turquía.
 Cuando nos sentamos a disfrutar de la vista desde un banco de la plaza,


llegó hasta nosotros un joven (para más señas guapo, rubio y educado) que apresurándose a decir que no pretendía vendernos nada (tal es el acoso, aunque amable, al que son sometidos los extranjeros) que su única intención era conversar con nosotros, pues estudiaba en el Instituto Cervantes y quería practicar su castellano.
 Y ya lo creo que practicó, nos contó que era kurdo y que su familia cultivaba albaricoques en el centro de Anatolia. Nos habló de sus enormes deseos de viajar a España y de su amor por nuestra cultura. Nosotros a su vez le confesamos la enorme alegría que había supuesto conocer, aunque fuera sólo un poco (haría falta mucho tiempo para más), la ciudad y sus habitantes de los que habíamos recibido tantas muestras de cordialidad. Fue como si desde alguna parte, alguien hubiera querido regalarnos un hermoso colofón a nuestra estancia. Lo agradecí.
 Tampoco quiero dejar de apuntar otra circunstancia (de muy distinta índole, pero también ilustrativa) que nos permitió ver otra más de las mil facetas que tiene la vida de una ciudad. En uno de los sábados de nuestra estancia tuvo lugar el derby entre dos de los equipos de fútbol más importantes de Estambul: el Fenerbahçe y el Galatasaray.  Supimos de este encuentro porque antes y después del partido las calles se llenaron de aficionados que por todos lados lucían los calores, azul y amarillo, y azul y rojo de sus respectivos equipos. No tuvimos noticias de incidentes, cosa de agradecer. Ganó el Fenerbahçe 4-0, y mientras visitábamos Topkapi, nos vimos rodeados por un mar de camisetas azules y amarillas  que vestían orgullosamente sus seguidores, mientras aprovechaban el domingo para visitar los monumentos de su ciudad.   

 Y a través de un tráfico enloquecido atravesamos en plena hora punta de un lunes la ciudad camino del aeropuerto. En el último tramo del trayecto, con el Mármara a un lado, y las murallas marítimas a otro, ya más pausadamente, llegamos a nuestro destino. Me esperaba el temido vuelo, pero mil veces lo diera por bien empleado. Las impresiones vividas han quedado grabadas para siempre en mi memoria.